
Ya no le cabe ninguna duda que era amor. Incluso si viniese dios y le dijera que no lo era, no le creería. Le preguntaría "¿cómo explicas que un escalofrío me recorra la piel cada vez que leo sus palabras?". Era la señal que sólo ella reconocería.
Su paradigma de vida estaba cambiando y la mano que había encontrado en la caja de manos frías tenía mucho que ver. De hecho estaba incluído en las miras de un futuro. Ya no sentía los miedos e inseguridades que alguna vez la atormentaron; se sentía completamente enamorada y en libertad de acción. Se sentía segura, y los celos no eran reflejo de su inseguridad, sino que el querer sazonar el vínculo; esas ganas de generar discusiones sólo en busca de la reconciliación.
El filósofo había logrado revivir lo que ella creía muerto.
Su manera oculta de demostrar amor se iría haciendo cada vez más evidente, pero sólo ante los ojos de él.


